Una fiesta

24 01 2011

Dos historias paralelas. La de un desconocido habitante de la península de Eritrea y la de vuestro amigo al que le gustan los lunes. Dos historias que espero sirvan para reconciliarnos con la esencia misma del deporte puro, algo más necesario si cabe en un mundo tan fustigado en los últimos tiempos como el del atletismo. Durante muchos años alguien pensó en el hombre como instrumento de la ciencia, fin supremo, en su camino a modelar al ser perfecto. Olvidaban que es el deporte, la ciencia, quienes tienen que estar al servicio del hombre. Jamás al revés. Nunca serán menos importantes las plusmarcas, los programas de entrenamiento ni las casas comerciales. Nada más que el compañerismo, el afán por superar nuevos retos y la reivindicación, la reconquista de las ciudades para sus gentes. Sin todas las trampas, los artificios, que el mercantilismo ha impuesto en distintas esferas de la vida, el deporte de alta competición una de ellas, solo queda el sustrato. Y creedme, ahora que lo he experimentado en mis propias carnes, ese sustrato es precioso. Una fiesta.

Azmeraw Bekele comparte con el actual rey mundial del mediofondo algo más que un apellido ilustre. Sin una trayectoria conocida en Europa, el joven etíope (23 años) se presentó el pasado sábado en Santa Pola (Alicante, villa marinera donde se celebra una de las medias maratones más populares de España) después de un viaje de cinco horas en autobús desde la capital de España. Apenas unas horas después (10.30 del domingo), poco más de cuarenta y ocho desde que pisara España por vez primera, se proclamaba vencedor de la XXII Media Maraton de la villa marinera, una prueba que contaba con algún que otro nombre significativo como los de Joseph Kiptoo, tercero en el Mundial de Cross hace un par de años o el medallista europeo Luismi Martín Berlanas, primer español. El etíope batió el record de la prueba, sí, pero ya digo que eso hoy me importa menos, y creo que las agujetas me legitiman algo para opinar al respecto, que la curiosa historia de Bekele, recién llegado como digo a España y sin entender ni media palabra en español ni media frase en inglés.

La otra historia es la mía propia. Supongo que será también la de tantos. Casi ocho mil almas anónimas en la línea de salida. De los cinco continentes. La de quienes llegados hora y media antes de la salida de la carrera con el coche sobrepasando justamente los cero grados (1,5 marcaba el mío) se dan una vuelta para recoger el dorsal, desafían a su propio estómago con un café para combatir el frío, vuelven al coche a realizar el heroico trámite de desguarnecerse de sudaderas y pantalones y se presentan en la línea de salida al ritmo de Carros de Fuego con la conservadora y realista idea en la cabeza de mantenerse en unos 5.30 – 6 minutos por kilómetros para poder acabar dignamente la carrera en la barrera de las dos horas.

Van pasando los primeros kilómetros y la ecuación se cumple. Diríase que un reloj gobierna nuestras piernas, de forma que nos presentamos en el kilómetro cinco en 30.54. El siguiente cinco mil aún lo hacemos más rápido y llegamos al kilómetro diez, prácticamente el intergiro (o eso creía al ir aún con reservas de fuerzas) por debajo de los 58 minutos. Media vuelta y de regreso al inicio, ya regulando sabiendo que queda un mundo. Hasta el kilómetro quince se puede llevar, disfruto. Después, el muro mental en Playa Lisa. No llega el kilómetro 16 y estamos yendo contra meta. Mágicamente se modifica el concepto que al principio de la carrera tenía de lo que son cinco kilómetros. Kilómetro 17 y sigo avanzando contra meta. Y todavía no veo a ningún corredor girando, afrontando la recta por la que ahora transito en sentido contrario. Hasta casi casi el kilómetro 18 no doy la vuelta. Para entonces ya solo (todavía mejor dicho) quedan tres kilómetros. Pero ese último parcial se me hace eterno. El cartel indica Playa del Tamarit. Eso quiere decir que si no se han llevado alguna playa, todavía me quedan la Gran Playa y la Playa Lisa. Reduzco más el ritmo, casi voy andando haciendo ademán de mover los brazos. Pero el apoyo de la gente en Santa Pola hace imposible rendirse. Y así pasan los kilómetros 19 y 20, se me va el promedio a 6.15. Una última curva, una recta más y fin del trayecto.

2.12.41. En mi vida había corrido durante tanto tiempo. Y volveré. Sé que volveré, que bajaré de las dos horas. Y si no, tampoco me importa. Por una vez lo importante es participar. De esta fiesta.

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Las puertas del cielo se abren

21 06 2010

Todo el mundo aspira a la felicidad. Hay quien la identifica con grandes posesiones terrenales. Otros la encuentran en conquistas espirituales. Un viaje, un momento compartido, una mirada de complicidad, los caminos de la felicidad son inescrutables. Si por algo el deporte, y como no, el fútbol, ha alcanzado las cotas de popularidad que hoy atesora es por su astronómica capacidad de generación de felicidad. También de frustración, pero en cualquier caso, tanto en la máxima felicidad como en la más grande de las decepciones, son emociones colectivas, compartidas, lo que multiplica el gozo y alivia el desconsuelo. Puede resultar frívolo, pero encuentro pocas manifestaciones en esta sociedad individualista de nuestros días con la capacidad de movilización y de hermanamiento del fútbol. ¿Triste? Quedémonos con la parte buena, la gente necesita felicidad.

Felicidad que han encontrado este fin de semana en Alicante, felicidad que busca la selección española en Sudáfrica en unas horas. La capital de la Costa Blanca vivió la tarde del sábado el octavo ascenso de su equipo a la máxima categoría del fútbol español. Lo hizo en el mejor de los escenarios posibles: en el día previo al inicio de sus fiestas mayores, ganando fuera de casa en la última jornada, algo que por cierto solo había conseguido en dos de los veinte partidos previos, y con el aliento en el cogote del poderoso Betis, equipo de Primera que estaba llamado a ser “el Zaragoza” de este año. Para los más jóvenes quizá suene presuntuosa la vieja cantinela de que el Hércules es un grande y que vuelve al lugar que por historia le corresponde. Cierto es que cada ascenso en Alicante ha costado sangre, sudor y lágrimas, y no menos cierto es que el sustrato social herculano dista mucho de ser tan multitudinario como el visto en las celebraciones. Pero no debemos olvidar que para la liga siempre debe ser un orgullo recuperar a uno de sus históricos, un equipo cuyo estadio ha albergado un partido por el tercer puesto de todo un Mundial de fútbol hace no tanto. Por historia le corresponde volver al Hércules a Primera, una historia de la que los nacidos después del ochenta hemos conocido más sombras que luces (dos ascensos a Primera y otros dos a Segunda) pero que tuvo también días de vino y rosas en los años setenta, precisamente la misma década prodigiosa del vecino y rival histórico Elche CF, los años de los presidentes Rico Pérez y Martínez Valero.

Portillo unió su nombre a los de Humberto Núñez, Sanabria, Sigüenza y desató la locura en una ciudad resignada a celebrar ligas y copas de Europa que no pueden ser del todo suyas. Los retos para el futuro, dignificar un Estadio que se cae a trozos y consolidar al equipo en Primera. La clave, no caer en los errores del pasado, mantener la base del equipo, una base algo veterana pero con buenos mimbres para jugar en Primera (Calatayud, Abraham Paz, Farinos, Tote, Portillo) y apuntalarla con incorporaciones solventes, más calidad que cantidad. Alguna cesión aprovechando las buenas relaciones institucionales con el Castilla, la mano del Boquerón en Can Barça… y a sufrir. Pero sobre todo, a disfrutar.

España aspiraba a conquistar la felicidad en este extraño y frío Mundial, en el que comparecía sin esos seculares fantasmas que siempre han acompañado su peregrinaje mundialista y que parecieron volver a casa el miércoles. Fue un partido visto una y mil veces. Superioridad relativa, oportunidades erradas, minutos cayendo, y una vieja ley del fútbol: aprovecha tu momento, siempre tendrás tu oportunidad. Este tipo de calamidades sin embargo miden el nervio competitivo de los equipos, máxime en una competición que privilegia el sufrimiento. Navas y Torres apuntan a titulares en el reencuentro de España con su suerte.

Cadencia, potencia y un hilo conductor que de coherencia a la obra. Estos son los tres pilares en los que los alicantinos nos apoyamos para juzgar una mascletà. Estos son los tres pilares en los que España se ha de apoyar para abrir, como hemos abierto por estas tierras, las puertas del cielo.