El verano de la Union Jack

9 07 2012

Superada ya la dulce resaca de la Eurocopa, que confirma a la selección española de fútbol como indiscutible referente histórico, en puertas aún de añadir a su trébol nuevos hitos, como intentar plantarse dentro de dos años en Brasil completando el repoker con el oro olímpico y la próxima Confecup, nos plantamos en el mes de julio, tradicional coto del Tour de Francia. Un Tour de Francia un tanto desnaturalizado al no poder contar con la presencia de los dos teóricos mejores ciclistas de los últimos años (que se citarán en una apasionante Vuelta a España), y que parece estar confirmando en estas primeras jornadas los pronósticos de los especialistas: el Tour habla inglés. No el inglés de acento tejano de hace unos años del antiguo US Postal/Discovery Channel, sino el más puro acento británico de la cadena Sky. Y lo hace en el verano en que Londres albergará los JJOO. Lo británico esta de moda. Estamos sin duda ante el verano de la Union Jack.

A priori este Tour estaba destinado a ser un duelo bajo el sol entre el ex-pistard Bradley Wiggins y el veterano Cadel Evans. El primero, avalado por una espectacular trayectoria en 2012 (París-Niza, Romandía y Dauphiné) y su imparable progresión desde que en 2009 comprobó con un cuarto puesto en el Tour que tenía algo más que un sextuple medallista olímpico en pista en las piernas. Desde entonces, la máxima obsesión de la planificación ciclista británica ha sido convertir a Bradley Wiggins en el primer ganador británico del Tour de Francia, para lo cuál no ha faltado ni el dinero de Rupert Murdoch para hacer del Sky el US Postal de esta época (Froome, Rogers, Porte o Boasson Hagen son algunos de sus gregarios) ni los científicos métodos de entrenamiento llevados a cabo por la escuadra inglesa.  Por su parte Evans llega como el vigente campeón, con sus valores de capacidad de sufrimiento, conocimiento de la carrera y regularidad en todos los terrenos ya conocidos.

A la fiesta se ha unido, por lo visto en estos primeros días, el “keniata” Chris Froome (hijo de un diplomático inglés de servicio en Nairobi), un ciclista que ya dejó una magnífica impresión y duelos con Juanjo Cobo para el recuerdo en la última semana de la pasada Vuelta de España, con exhibiciones en Salamanca o Peña Cabarga y que finalmente acabó superando en el podio a su patrón Wiggins, anticipando en Madrid cuál iba a ser el orden mundial del ciclismo que venía. Remitía entonces y casi que también lo hace ahora Froome al Ullrich del Tour del 96, sobrado lugarteniente de su líder (entonces, Rijs). ¿Cuál sería el papel de Froome de correr en otro equipo y ser rival de Wiggins? Ociosa pregunta, vista la cartesiana rigurosidad del equipo Sky en la que todo está milimétricamente preconcebido en la línea de salida de la etapa. El proyecto (tenebrosa palabra, cuando hablamos de ciclismo, no mentemos la soga…) de Sky, el proyecto británico (es una cuestión de estado) es que sea el ex-pistard quien se lleve el triunfo final en París. La implacable demostración de la aplicación de su método la pudimos ver en la subida a Belles Fries: una actuación que trajo a la memoria las aburridas exhibiciones de los tiempos de Lance Armstrong.

Un ciclismo distinto, más acorde con estos tiempos, que algunos durante los años de Contador creímos temporalmente desterrado. Entonces las siestas de verano eran menos siestas.

 

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