Gigante

7 06 2011

El actual curso tenístico comenzó con un Novak Djokovic fulgurante, avasallador, que consiguió 41 victorias consecutivas, 4 de ellas derrotando a Nadal en sendas finales de Masters 1000, dos de ellas en tierra batida, al superficie preferida de Rafa. La verdad es que el serbio llegó al abierto francés en un estado exultante que daba miedo. Reconozco que el primer favorito en mi libro para ganar esta edición de Roland Garrós era él, sobre todo después de vencer a Rafa en la final de Roma. No me preocupó tanto que le venciera en la final de Madrid, puesto que allí las condiciones son distintas a las de el abierto francés, son más desfavorables para el manacorense por la altura, la cual imprime una velocidad y ligereza extra a las bolas que no conviene a su juego. Pero cuando Nole derrotó a Nadal en el torneo italiano, las cosas empezaron a tomar otro cariz. Ya se veía posible lo imposible: que el Rey de la tierra fuera superado en el polvo de arcilla por un jugador mejor que él.

Pero algo ocurrió en el camino hacia el cielo para Novak. Humildemente pienso que dos factores se juntaron para que no pudiera pasar más allá de semifinales en París.

1- El cansancio. Demasiados partidos, demasiadas victorias en lo que va de temporada. Hay que ser un prodigio físico para no ir acusándolo a las alturas a las que se llega a Roland Garrós.

2-Las bolas. Las nuevas bolas que se han introducido este año, diferentes a las que se usan en el resto de torneos del circuito, favorecen a los sacadores como Federer.

Teniendo en cuenta el primero de los factores, ahora creo que aunque Djokovic hubiera llegado a la final, no habría podido con Nadal. No era lo que pensaba al inicio del torneo; sincerament tenía al de Belgrado como mi favorito por las razones que expuse al principio.

Mención aparte merece el genio de Basilea,  quien muchos pensaban ya estaba en franca decadencia tenística, pero que a sus casi 30 años ha demostrado que aún está para llegar a finales de Grand Slams.

Y luego tenemos a Nadal, el gran Nadal, el incombustible, el gigante. Y mira que venía jugando regularcillo esta temporada. Sus derrotas ante Nole habían erosionado su habitual moral de hierro. El pilar del juego del mallorquín es la confianza en sí mismo, en su juego. Por eso no acababa de alcanzar su mejor nivel. Ha dado igual. En el momento de la verdad, su hambre de victoria y su calidad tenística le han dado el décimo Grand Slam de su carrera. Diez grandes con 25 años recién cumplidos, superará las 100 semanas consecutivas como nº1 del mundo y ya tiene un puesto en el Olimpo de los dioses del tenis. Ahí es nada.

Pero que nadie piense que Rafa se dormirá en los laureles. Él sabe mejor que nadie que para los torneos de hierba y pista dura que están por venir, o recupera su mejor nivel de juego, o le será imposible vencer a la actual versión de Novak Djokovic, o a un J. M. del Potro que recupere forma física y vuelva por sus fueros. Son grandes los retos a enfrentar, y él sabe que grandes habrán de ser los sacrificos y el trabajo por hacer. Yo le deseo la mejor de las suertes. ¡Vamos, Rafa!

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