Historias de Enric

21 02 2011

El Universo quizá no tenga sentido, pero, por momentos, puede llegar a ser un lugar que merece la pena. Saborear el retrogusto amargo de un negroni bajo un radiante sol de invierno en la terraza de alguna piazza romana debe ser alguno de ellos. Como también puede serlo deleitarse con los trazos fulgurantes que Totti y Cassano, que buen pudieran ser Picasso y Brancusi, dibujaban sobre el Olímpico de Roma. Los caminos del arte son inescrutables. Enric González, corresponsal en varias de las capitales del mundo, columnista ocasional de la sección de deportes, bebedor apasionado de daiquiris y cócteles de champán, nos muestra algunos de ellos en Historias del Calcio, una aproximación a Italia desde su juego más amado.

Historias del Calcio es algo más que una colección de artículos sobre el estado de forma de la Vieja Señora turinesa de la todopoderosa familia Agnelli, la interminable lista de disparatados fichajes de Massimo Moratti o el declive del equipo del Cavaliere. Es sobre todo un mapa del alma de ese país tan complicado y fascinante que es Italia. Y es también una reivindicación del orgullo de pertenencia de quienes podemos ver arte en los movimientos de un puñado de multimillonarios, muchas veces insolentes y consentidos. En cualquier caso, tras finalizar el libro, el lector distinguirá perfectamente la diferencia entre un aficionado de la SS (Società Sportiva, entiéndaseme) Lazio y otro del Livorno.

Pero, de Historias como las de Enric, se podrían contar también aquí unas cuantas. Por ejemplo la de Aranzubía y su equipo el Deportivo de La Coruña. Hubo un tiempo, no muy lejano, en que equipos como el Depor, el Celta, el Valencia o incluso el Alavés, eran capaces de romper el tradicional maniqueísmo Madrid – Barça y pelear por los campeonatos, hasta que el maná de las televisiones y el ladrillo se secara. Pero esa ya es otra historia. La de hoy habla del equipo de una pequeña ciudad del norte que en la década de los noventa se plantó en la élite del fúbol español sin mucha más presencia en los puestos de honor que la que le dió Juan Acuña, cuatro veces Zamora, en los años cuarenta. Aquel equipo confeccionado en su mayoría con veteranos retales de otros equipos de Primera (López Rekarte, Voro, Nando, Donato, Aldana o Claudio tenían ya una larga hoja de servicios) pronto llegó a ser uno de los más queridos de España, amor unido a su carácter humilde y, sobre todo, a la fatalidad. Nunca una Liga estuvo más en el aire que la ganada por una de las mejores versiones del Barça en el 94. La gloria tocando a la puerta del pesimista. Pero Djukic falló aquel penalty y La Coruña lloró desconsoladamente.

De aquellas lágrimas sin embargo renació, tras un par de años post-Arsenio Iglesias en los que no supo muy bien si iba o si volvía, el Deportivo en una versión mejorada de sí mismo que, de la mano de algunos excelentes jugadores como Mauro Silva, Djalminha, Valerón, Tristán o el eterno Fran, consiguió finalmente ganar la Liga (solo San Sebastián ha tenido un campeón de Liga con menor población) y pasear su nombre por Europa. Pero de nuevo el fútbol era injusto con un Deportivo que veía como era su vecino gallego el Celta de Vigo de Víctor Fernández el que era unánimemente reconocido y considerado como el equipo que mejor fútbol jugaba en España. Lo cierto es que fue el Depor de Jabo quién profanó varios santuarios europeos (Old Trafford, Highbury, el Olímpico de Munich, San Siro, Delle Alpi) dejando varios de los momentos más felices del fútbol español en Europa en el pasado decenio.

Ninguno de ellos fue comparable al vivido la tarde del 7 de abril de 2004, tarde de Jueves Santo, que constituyó la cúspide de aquel equipo. El Depor recibía al imparable Milan que le había vapuleado en el partido de ida, campeón vigente y, una vez eliminado contra todo pronóstico la tarde anterior el Real Madrid en Mónaco, máximo favorito con un equipo que contaba con la madurez de Maldini, la plenitud de Shevchenko y Seedorf y la pujanza de Pirlo y Kaká. Nadie contaba con las meigas. El Deportivo remontó el 4-1 de la ida y se plantó en las semifinales donde estaba la fatalidad esperando su momento. Un error del central (esta vez Andrade), la pizarra de un semidesconocido Mourinho y el mando de Deco apartaron al Depor de la que hubiera podido ser su Copa de Europa.

Ése fue el final de aquella bella historia escrita por el Deportivo de La Coruña, una historia que duró poco más de diez años. Desde entonces, los contratos a la baja con las televisiones, las lesiones de Valerón o la retirada de algunos de sus jugadores más determinantes, devolvieron al Depor a un lugar mucho más modesto, acaso más acorde con su historia, perdiéndolo en las partes bajas de las clasificaciones e incluso flirteando en ocasiones con el descenso.

Ayer, un cabezazo de Aranzubía, el portero que se alternaba la titularidad con Casillas en las categorías inferiores de la selección española, devolvió por unos momentos al Deportivo al lugar de la noticia. Nunca antes un portero había marcado un gol de jugada en la Liga española. Ni siquiera Juan Acuña, el legendario portero del Deportivo. Es la jugada arquetípica de la agonía: partido perdido, amenaza de descenso, minuto noventa y cuatro y el portero sube a rematar el córner. Sí, algo tan trivial como un gol puede ser uno de esos momentos en los que el Universo, aunque no tenga sentido, pueda llegar a ser un lugar que merece la pena. Estoy seguro que Enric pensará lo mismo.

http://www.youtube.com/watch?v=xNGQm8IwPl8 para los nostálgicos, para la gente del Depor, para todos aquellos que piensen que ésta es la mejor banda de Rock que ha habido en este país. En esta historia hermano, siempre nos toca perder.

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