Las X millas más bonitas

1 11 2010

7.15 de la mañana. El cambio de horario y los nervios acumulados me tiran de la cama un rato antes de lo previsto. Las sensaciones de los últimos quince minutos entre sábanas no me hacen ser muy optimista. Llueve en la calle, parece como si fuera una hora más temprano, las piernas se resienten de la carga de trabajo en las semanas previas; la garganta, del esfuerzo del día anterior: no todos los días se ven cabezazos como el de David Trezeguet, ni se tienen enfrente a tipos como Cristiano. Algo de pan tostado y café, fruta y almendras mientras el cielo sigue pintando de negro. Salgo de casa, subo en el coche, y recojo a mi compañero de fatigas en esta mañana. Parece que el cielo nos dará una tregua. Falsa alarma. Recibimos una llamada. Parece que las nubes se desplazan en dirección Norte.

Llegamos a Alfaç del Pi y buscamos el polideportivo municipal. Recogemos el dorsal y volvemos al coche para dejar las mochilas, camino salpicado por una lluvia cada vez más insistente, lo que nos lleva a la primera gran decisión de la mañana: debemos correr “a pecho descubierto” o, vista la lluvia, sería mejor que lo hiciéramos cubiertos con la chaqueta del chándal a modo de chubasquero. El recrudecimiento de las condiciones y un cielo cada vez más gris hacen que nos decantemos por la segunda opción. Volvemos al polideportivo, nos atamos los chips y… a correr. Empieza la tercera edición de las X millas más bonitas de la Costa Blanca, prueba que enlaza en un recorrido de ida y vuelta el centro de Alfaç del Pi con el faro de Sierra Helada. Algo más de dieciséis kilómetros en los que es imposible coger algo remotamente parecido a un ritmo de carrera.

Salimos del tartán azul del polideportivo convencidos de que, como amateurs  que somos, nuestro objetivo es acabar la carrera, así que ajenos eso sí a pulsómetros y a minutos por kilómetro, nos marcamos la hora y media como objetivo, sabiendo que las alegrías iniciales se suelen pagar en este tipo de pruebas. Empieza la carrera y milagrosamente acaba la lluvia, aunque el cielo sigue prometiendo guerra. La primera milla trascurre por las calles de Alfaç, la segunda y la tercera las llevamos con un ritmo suave, cómodo, que nos lleva a la playa del Albir en unos veinte minutos en media tabla. Un breve tránsito a orillas del mar y empieza, en la tercera milla y media, la subida a Punta Bombarda (109 m), donde se encuentra el faro que marca poco más allá de la quinta milla el intermedio de la carrera.

Un arrebato conservador (había estado reconociendo la subida el domingo anterior)y el calor que empiezo a sentir me hacen descolgarme ligeramente de mi compañero a la entrada del Parque Natural de Sierra Helada. Decisión acertada. Empieza la subida propiamente dicha en la cuarta milla, ya en pleno parque, en la que empezamos a ver atletas completando el camino de vuelta. No es nuestra carrera. Mi amigo me invita a seguirle con la mirada pero lo digo que adelante. Son los kilómetros más bonitos de la carrera, los que le han valido el título a la prueba, con unas espectaculares vistas de la Marina Baixa, la playa del Albir, el Peñón de Ifach, Altea… y el Sol, un Sol que no habíamos visto en todo el día y que empieza a surgir entre las nubes. Quinta milla. La pendiente más dura me lleva al faro, impresionante balcón sobre el Mediterráneo. Rondando los tres cuartos de hora. Bien, estamos en tiempos, me digo para mis adentros.

Pero ahora toca empezar a sufrir. La bajada del faro es engañosa, alterna tramos vertiginosos con nuevas subidas, lo que te destroza el ritmo. Pero ahí sigo, aguantando el tipo, disfrutando del paisaje y preguntándome cuál de los pueblos blancos que se ven ahí abajo será el de destino. Cuando en la séptima milla dejamos atrás Sierra Helada y encaramos la vuelta a Alfaç el calor es ya insoportable, ni una nube en el cielo, me arrepiento de correr tan abrigado, pero ahora ya es tarde, imposible pararse para quitarse el dorsal. Aguanto. Por un momento creo que una de las motos de seguimiento es la moto-escoba, lo que inflama lo que me queda de orgullo y subo el ritmo hasta que acaba la zona costera. Falsa alarma que pagaré después. Aunque tengo claro que una milla es bastante más que un kilómetro éstas empiezan a hacerse eternas. Busco desesperadamente el cartel de la octava milla, pero no aparece hasta el tramo donde empieza la ascensión final hasta el pueblo, dos millas en las que la carretera no deja de picar para arriba.

El transitar por la octava milla, ya con la hora y veinte encima de las piernas se me hace un pequeño calvario, quiero correr, siento que puedo dar algo más, pero las piernas me dicen que hasta aquí. Siento la tentación irrefrenable de quitarme la chaqueta del chándal y correr como el resto del mundo, qué más da si me descalifican. Buscando la sombra, el borde de la calzada, llego hasta el cartel de la novena milla. Tan cerca del final. Y me planto. Ando unos cuantos metros y saco fuerzas de no sé donde para volver a coger el ritmo. Mi compañero no deja de repetirse “come on, come on”. Vamos, vamos.

Poco más de una hora y media después de haber empezado a correr, algo de seis minutos después que mi amigo, vuelvo a pisar el tartán azul. El de come on y yo nos damos la mano y nos fundimos en un abrazo. Me quito la chaqueta de chándal, rompo el dorsal, me tomo dos cervezas casi sin respirar, y me siento el atleta más poderoso del mundo.

http://www.youtube.com/watch?v=qybUFnY7Y8w

 

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1 11 2010
Manu

Enhorabuena por tu gesta compañero de club.

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