Podemos (y III)

6 07 2010

Termina el Mundial de las vuvuzelas y lo hace dejándonos una certeza: dar favoritos en estos torneos es como aventurar si al lanzar una moneda al aire caerá cara o cruz. Los más reconocidos especialistas, los que simplemente nos dedicamos a esto por amor al arte, aquellos que ni fu ni fa, no dudábamos hace cuatro semanas de la fiabilidad brasileña, ni de la competitividad que Fabio Capello habría impreso a la pérfida albión, ni de la capacidad sobrehumana de liderar escuadras de los dos mejores jugadores del planeta, quien lo dude es que de esto no entiende, Messi y Cristiano Ronaldo. Estos tres equipos (Brasil, Inglaterra y Argentina, tiro de datos de casas de apuestas) son los que estaban llamados por encima de todos a trabar el camino de España en el Mundial de Sudáfrica. Lo cierto, lo verdaderamente cierto, es que al final el fútbol siempre coloca a cada cual en su lugar. Ninguna de las veintiocho selecciones ya eliminadas podrá oponer queja alguna a los cuatro últimos supervivientes, si acaso Ghana, eliminada tras haber fallado un penalti en el minuto 121, podría alzar algo la voz. Solo España, por fin España, ha respondido a las expectativas generadas en los dos últimos años, ha cumplido con el protagonista papel que se le encomendaba al iniciar el torneo.

Comentábamos la semana pasada como los otros dos equipos europeos en cuartos (Holanda y Alemania) llegaban con los papeles cambiados, Holanda más defensiva, Alemania más jugosa. Algo parecido podemos decir del partido del día de San Fermín entre la Roja y la Mannschaft. De las dieciocho ediciones anteriores, Alemania ha jugado once semifinales, lo que haría suponerla mucho más experta a estas alturas del campeonato que una España cuya única presencia entres los cuatro mejores equipos del mundo se remonta al año 1950, en un formato de fase de grupos diferente al actual. Sin embargo, España aparece ahora como la selección experimentada, con el bagaje de la Eurocopa conquistada ante el mismo rival hace dos años en Viena y con jugadores para los que estas situaciones constituyen el hábitat natural por el que se desenvuelven en sus clubs. Ante esta experiencia los alemanes, unos alemanes que no contaban demasiado en las apuestas previas al Mundial, oponen en esta ocasión el talento y el buen juego de su nueva guardia (Özil y Müller, cuya baja cubrirá un no menos prometedor Kroos) a la cabeza. El mundo al revés.

Holanda y Uruguay se disputan en unas horas la otra semifinal, todavía más inesperada, después de haber dejado fuera nada menos que a la eterna favorita y a la última superviviente continental. Brasil es un lamento. Es curioso el pernicioso efecto que algunas derrotas producen en equipos (y entornos, eso es lo trágico) demasiado poco habituados al hecho de que la derrota forma parte del juego. Sucedió después del famoso maracanazo, tras el que Brasil abandonó el color blanco para enfundarse por siempre la canarinha. Tras los años ochenta, la década de Sócrates, Brasil se planteó si merecía la pena seguir enamorando al mundo sin alimentar las vitrinas (como si hubiera una relación inversamente proporcional entre ambas magnitudes). Llegaron los noventa y con ellos el dunguismo al juego brasileño, dunguismo que devolvió a Brasil dos coronas mundiales con una fórmula traidora: nihilismo futbolístico y a esperar que el tremendo talento de sus delanteros más notables (Romario, Ronaldo, Rivado, Ronaldinho) resolviera la partida. El equilibrio se rompió en Alemania donde Parreira confundió el virtuosismo con el onanismo, despoblando el centro del campo y atiborrando el equipo de estrellas, el primer cuadrado mágico Ronaldinho – Kaká – Ronaldo – Adriano. Como hizo aquí el Real Madrid después de la primera era galáctica, se reclamó mano firme, un general con mando en plaza al frente, llámese éste Fabio Capello o Carlos Dunga, y una pareja de stoppers al mando de las operaciones. Como siempre, la historia es pendular. Como siempre, sus extremos viciosos. Y como siempre, las repuestas habrá de encontrarlas Brasil mirándose al espejo, reencontrándose, siendo fiel a sí misma, a esa forma de entender el juego y la vida que han hecho de Brasil lo que es hoy.

Desde la irrupción de Johann Cruyff Holanda también fue fiel a una concepción muy definida del juego, dejando en cada década una generación de jugadores irrepetibles, la Naranja Mecánica en los setenta, el Milán de los holandeses en los ochenta, el Ajax de Van Gaal en los noventa. A ninguna de estas generaciones podría mirar la actual por encima de la cabeza, pero el fútbol lleva más de treinta años en deuda con este pequeño gran país, y de las botas de Sneijder y Robben se presenta como un rival temible para Uruguay, una Uruguay que reclama para Diego Forlán un lugar al lado de los más grandes, de Ghiggia y Schisffino, y para el posible finalista. ¿Será España?, ¿le dará a Holanda la Historia la oportunidad de la revancha del 74?

¿Continuará?

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