La única justa de las batallas

30 06 2010

Ocho equipos se disputan a partir del viernes la Copa del Mundo, torneo por excelencia del siglo XX, paradigma en el XXI del espectáculo de masas. Los traumas por las eliminaciones más sonadas (Francia e Italia, más favoritas en cualquier caso por su condición de últimas finalistas que por la realidad de su momento actual) y las dudas propias tras el traspié ante Suiza parecen haber encontrado respuestas  en el cartel de los contendientes por la corona y en la esperanzadora reacción española ante la adversidad.

Van cuatro sudamericanos, tres europeos y un africano. No se trata de ningún chiste, sino de la nómina de candidatos a levantar la copa en Johannesburgo el próximo día 11. Tres europeos en cuartos, cuando en Alemania todos los semifinalistas fueron europeos y, relativamente, tradicionales (las finalistas citadas anteriormente más Alemania y Portugal). ¿Es éste un Mundial raro, diferente por este hecho? En absoluto, la asiática Corea y la fronteriza Turquía, naciones exóticas a esas alturas del torneo, le disputaron las semifinales a Alemania y Brasil hace ocho años en el lejano Oriente asiático. No se trata de un fenómeno aislado del nuevo milenio, aún a riesgo de parecer pájaro de mal agüero ahí va un dato demoledor: ningún equipo europeo, ninguno, ha ganado nunca el Mundial fuera de suelo europeo. Nunca. Del mismo modo, solo Brasil en 1958 (año de gracia en que se conjuntaron la explosión de Pelé, las diabluras de Garrincha, los goles de Didí y Vavá), y en Corea ha conseguido llevarse a otro continente la Copa.

Tres equipos europeos (España, Alemania y Holanda) con vocación protagonista en este Mundial. No es casual su presencia en estas alturas ya vertiginosas de la competición. De España llevamos tiempo hablando, se presentaba en Sudáfrica como una de las grandes favoritas para ganar el Mundial y, dejadas atrás las dudas iniciales, parece haberse reencontrado, a golpe de riñón de un David Villa empeñado en ser el mejor jugador de este torneo. Alemania y Holanda llegan con los papeles invertidos: la Mannschaft lleva años (Klinsmann y Löw tienen gran parte de culpa) regresando de la cueva en la que primero Beckenbauer y desde entonces sus mejores centrocampistas por reflejo (Mattäus, Sammer) se refugiaron. Holanda, tradicional animadora inocente de estos torneos y propiciadora de los mejores partidos de los últimos torneos (Santiago Segurola los enumera hoy en su columna del diario amigo) ha emprendido el camino de vuelta, fiando a Sneijder y Robben (casualidades del destino, o no, grandes estrellas de los finalistas de la última Champions, lo dicho, están los que tienen que estar) su suerte y citando a Brasil en uno de los mejores partidos que veremos en cuartos, gol de falta de Branco en el recuerdo.

Sudamérica aporta a dos de los grandes favoritos (Brasil y Argentina), y a las dos grandes sorpresas, o no tanto, de lo disputado hasta ahora. En esta tierra de conquistadores portugueses, ingleses, holandeses se palpa la diferencia entre Europa, en cualquiera de sus manifestaciones, con vocación colonizadora, ofensiva, atacante, y América, más protectora, agazapada, acechante a la guerra de guerrillas, revolucionaria, sea esta revolución acaudillada por  una pareja de bajitos talentosos, por un malabaristas, por el gol en mayúsculas. La consigna es común, y muy clara: nunca perder la posición y guardar las espaldas. Brasil representa como ninguna otra esta concepción del fútbol. No es de extrañar. Nacido en Porto Alegre, ciudad a más de mil quinientos kilómetros de Rio y Sao Paulo, donde el fútbol se concibe como la guerra tribal y no como la samba carnavalesca, Dunga aplica como entrenador aquello por lo que se caracterizó como jugador. Es de Porto Alegre de donde en los últimos años nos vinieron las ideas del altermundismo, de que otra vida, articulada en torno a la solidaridad era posible. Brasil es ante todo un equipo solidario, esforzado, y rocoso, marcado por la fuerza y la mentalidad guerrera y el carácter que imprimen tipos duros como Maicon Douglas o Felipe Melo. Con matices, es lo que pretenden conseguir las otras tres selecciones sudamericanas, solo que no disponen de los mismos mimbres, así que para el resto ahí está el talento infinito de Leo Messi, el fútbol del pueblo de Carlitos Tévez en Argentina o el gol con mayúsculas que en Uruguay representan Diego Forlán y la revelación Luis Suárez. Paraguay es otro cantar, mal haría la selección española en confiarse: Paraguay ya ha roto su techo en un Mundial y ya conocemos como se las gasta, se desenvuelve como pez en el agua cuando de defenderse como un gato panza arriba se trata.

Ghana representa en este Mundial la última esperanza de África. Si alguien ha decepcionado realmente en esta edición, han sido los equipos africanos, en todos había depositadas, por algún u otro motivo, esperanzas para hacer algo grande en este Mundial, ya fuera por su condición de anfitriones, como por historia y nombres (Camerún y Costa de Marfil) o incluso por haber sido capaz de dejar fuera de combate en una eliminatoria taquicárdica (Argelia) a todo en equipazo como Egipto, varias veces campeón en los últimos años de la Copa de África. Todas ellas han decepcionado en Sudáfrica, pero ahora mismo el corazón de todos los africanos es ghanés. Sería grandioso que consiguieran algo grande en ésta, como canta Shakira, la única justa de las batallas.

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