Aquel tapón de Vrankovic…

3 05 2010

París se cruza una vez más en el destino del Barça. Ciudad de gozoso recuerdo futbolístico, es sin embargo testigo mudo de algunos de los episodios más dolorosos en la historia reciente del barcelonismo militante del Palau Blaugrana, el lugar donde se enterraron sus aspiraciones en dos finales en los años noventa (91 y 96) y uno de los escenarios que alimentaron el demonio de la Copa de Europa prohibida.

París vio la derrota del Barça más querido (Norris, Epi, Solozábal, Jiménez lesionado…) ante la Jugoplastika de Split, ese año Pop 84, de Toni Kukoc. Boza Maljkovic había cambiado el verano anterior el banquillo del campeón croata por el del aspirante, pero no pudo en la final contra el monstruo que él mismo había creado, el mejor equipo europeo de la historia y el Barça repetía derrota, iniciando una dolorosa senda de sinsabores, cuyo capítulo más amargo se repitió, cinco primaveras después, en el mismo escenario.

El Barça volvía a una final en la que le esperaba un Panathinaikos griego sin el palmarés actual, en el que sobresalían dos veteranísimos Panagiotis Giannakis y Dominique Wilkins, 37 y 36 años respectivamente, de vuelta de unas exitosas carreras en Aris de Salónica y Atlanta Hawks, y el viejo conocido Maljkovic en el banquillo. Enfrente, un Barça en el que sobresalían el talento de Karnisovas, la mano de Xavi Fernández o la eterna dirección técnica de Aíto. Mucho se ha escrito y se sigue escribiendo de aquel partido, de aquel fatal desenlace, del tapón de Stojan Vrankovic, jugador cuya aportación no pasó de nueve rebotes y tres faltas personales. La jugada que sigue siendo considerada el mayor robo de la historia del basket y el resumen perfecto del tenebroso mandato de Boris Stankovic al frente de la FIBA.

Vuelve el Barça a París, y lo vuelve a hacer con la vitola de favorito. Bien haría en desconfiar, de favoritismos truncados le pueden hablar sus colegas del balompié. Con scooters de media NBA delante, será el gran momento de la temporada sobre todo para Ricky Rubio, es en estos partidos donde deberá demostrar que está a la altura de la mejor liga del mundo. Junto a Rubio el Barça comparece con una buena nómina de jugadores solventes como Lorbek, Morris, Mickeal, Basile… será también (o debe ser) el momento de Fran Vázquez.

Pero no será fácil, se juega la finalísima nada menos que ante el eterno CSKA de Moscú, ocho fases finales seguidas, uno de esos clubes que están hechos de la materia misma de la competición, poco importa que pierda a Messina, que su rival le levantara a Lorbek y Morris o que Smodis no pueda jugar. Es un lobo que solo cambia para transformarse en tigre, y con Holden, Langdon, Kaun o Siskauskas sigue teniendo una plantilla temible.

Por la otra parte del cuadro, Olympiacos y Partizan, o lo que es lo mismo dinero (quién lo iba a decir, pero su presidente Socratis Kokkalis es uno de las grandes fortunas griegas) contra tradición. Guiado por Giannakis (los caminos siempre se vuelven a cruzar) el Olympiacos jugará a la griega, Theo Papaloukas domina el mester de la pausa y lee los partidos como ningún otro jugador en el mundo. Si el año pasado el Olympiacos tenía una de las mejores plantillas de Europa y solo pudo ser apartado de la final por sus vecinos helenos, este año se ha reforzado nada menos que con el mejor base del pasado europeo (mejor incluso que nuestro Ricky), Milos Teodosic y con un desaparecido el año pasado y mucho más asentado esta temporada Josh Childress.

¡El espectáculo está a punto de comenzar, dedicádsela a Montero!

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