“À la ville de…”

21 04 2010

No suelo escribir los miércoles. Desde que mis amigos que me invitaron a unirme, siempre he preferido intentar aportar mi pequeño granito de arena a contodaslasaficiones los lunes, un poco por parecerme a mi ídolo Segurola, otro tanto por encontrarle algún aliciente al día más antipático para el resto de los mortales. Hoy quebrantaré mi propia norma, ha sido un día jodido en la oficina y, a falta de otras distracciones más festivas, escribir algo siempre relaja.

De pequeño pensaba que los dos hombres más poderosos del mundo eran Ronald Reagan y Mijail Gorbachov, en su condición de presidentes de los Estados Unidos y la URSS. Años más tarde añadí a Juan Pablo II y a los dos sempiternos jerarcas del deporte universal: Joao Havelange y, sobre todo, Juan Antonio Samaranch. Con el paso de los años voy conociendo a los auténticos monarcas del mundo, los tapados, presidentes de Haliburtons y demás tipos siniestros que manejan en la sombra los hilos de nuestro tiempo. Pero ése no es el tema.

Juan Antonio Samaranch ha muerto y con él se va la personalidad más influyente del deporte español en el siglo pasado, que es mucho decir en un siglo que vio a Santiago Bernabeu o Raimundo Saporta por citar dos nombres. Su aportación ha sido digna de los grandes dirigentes de la historia, dos décadas al frente del COI que tuvieron su cénit aquella tarde de octubre de 1986 en la que, visiblemente emocionado, pronunció el nombre de su ciudad. Narcís Serra, alcalde de la ciudad aquel año lo confesaba hoy mismo “Joan Antoni Samaranch va tenir la idea dels Jocs Olímpics, ara ja ho podem dir clarament”.

Para entender la figura del Samaranch político recomiendo el artículo de Jesús Conte en el Diario Crítico de Catalunya “Samaranch, visionario”. Personalidad controvertida, no olvidemos que para muchos políticos catalanes y españoles no fue más que un hijo acomodaticio del franquismo que simplemente supo moverse en la sombra con habilidad. Sin embargo, los Juegos de Barcelona, el acontecimiento deportivo más grande celebrado nunca en suelo español, hubieran sido impensables sin su ingente aportación. Se va sin ver cumplido su último sueño, como pedía el pasado mes de octubre: dar a su país unos segundos Juegos.

Cambiando de tema y por comentar el partido de anoche, vaya por delante que estas líneas las escribo más con el corazón que con la cabeza. Pienso que el Barcelona jugará la final de Madrid. Es una cuestión de fe, como he dicho, de corazón. Pero también el corazón me decía el año pasado en los estertores del partido en Stamford Bridge que algo maravilloso ocurriría y así sucedió. No se trata de invocar ningún espíritu que de eso ya se encargan en otros lares. Pero los acontecimientos históricos exigen actuaciones épicas. Si a este deporte incomprendido algo lo hizo el deporte rey es precisamente que se alimenta de ilusiones. No renunciaré tan fácilmente a ellas. Y si por lo que fuera no pudiera ser esta vez aplaudiré a vencedor y vencido. Pero no está todo dicho.

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