El peso de la memoria

22 02 2010

 

Sin duda Neptuno debe ser el más impredecible de los dioses, tan capaz de provocar furiosas tempestades como de besar la arena de la orilla con su dulce oleaje, una díscola deidad entre soberanos Señores. No podía ser otro el dios de los atléticos, expresión futbolística del mito del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, equipo con mentalidad esquizofrénica por antonomasia, un ay y un contener la respiración continuos. Efectivamente y para no faltar a la cita con su destino curroromeresco, después de certificar su pase a la final de Copa y sacar por enésima vez al Barça de sus casillas, el Atleti empató en casa con el Galatasaray, con esperpento del portero incluido, y perdió contra el Almería.

Lo del Barça con el Atlético ya dejó de ser una coincidencia hace tiempo para convertirse quizá en la única obsesión de un equipo que guiado por el centenario Guardiola disfruta con felicidad del presente y olvidó sus complejos del pasado. El más doloroso de todos, el que tuvo al club treinta y seis años sin ganar la Copa de Europa, viendo como en las vitrinas de la sala de trofeos de su archienemigo lucían hasta seis cetros continentales. La memoria, ese peso maldito, se cruzó dos veces en su camino hasta la gloria de Wembley: en los postes de madera de Berna y en los penaltis de Sevilla, y jugadores fabulosos como Kubala, Ramallets o Czibor; Migueli, Carrasco o Schuster se quedaron a las puertas de ganar el torneo de torneos.

Menos supersticioso y más pragmático históricamente que su rival, el Real Madrid tampoco ha sido ajeno a los traumas: no menos de una generación  madridista vivió con amargura el tránsito de treinta y dos años de los blancos por la Copa de Europa desde que el Madrid yé-yé de Amancio ganara la Sexta en Bruselas hasta que Manolo Sanchís alzara al cielo de Amsterdam la ansiada Séptima, grial por el que pelearon los más ilustres madridistas, desde Pirri o Velázquez hasta Juanito, Santillana o Camacho, y que golpeó con especial virulencia a la Quinta del Buitre, generación que se tuvo que “conformar” con dos copas de la UEFA, un éxito en otro club, pero botín insuficiente en Concha Espina. La derrota en Milán fue el principio del fin de ese grandioso equipo, el más romántico del Madrid en los últimos cincuenta años, y el gol de Mijatovic en Amsterdam, el momento que volvía a abrir de par en par las estanterías de las vitrinas blancas, un puntapié a la memoria en la espinilla.

En los próximos quince días debe desafiar el Madrid dos de sus modernos fantasmas: visitar el Heliodoro Rodríguez este sábado y superar unos octavos de final de la Champions, cruce esquivo desde 2004. El Tenerife fue la auténtica tortura del madridismo en los noventa, dos ligas volaron de Chamartín en la última jornada con la visita de los blancos a Santa Cruz, donde la memoria le pesaba al Madrid más que en ningún otro lugar del mundo. En Champions deberá levantar el 1-0 de Gerland, ante otra de sus bestias negras: el Olympique de Lyon. En este 2010 una fecha le viene marcada a fuego al Real Madrid: el 22 de mayo, día de la final del Bernabeu. No debería obsesionarse con esta cita, la memoria es traicionera y espera su momento de volcar su peso sobre la espalda blanca.

La memoria, ese peso invisible que también doblegó las ilusiones de la selección española hasta la mágica tanda del Prater, materializada en arbitrajes traicioneros, en angustias inconfesables, en victimismo encubierto de frases como “¡malditos cuartos!”, “Porca miseria” o “jugamos como nunca, perdimos como siempre”. Pero, ¡cuidado memoria!, cuando se vence al miedo, tiemblan los cimientos del mundo.

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One response

26 02 2010
Lapidus

La putada es que hay veces que la memoria en el sentido positivo, tambien trae resultados negativos, acordemonos de la autocomplaciencia.
Enhorabuena por el blog.

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