Un plátano entre punto y punto

7 12 2009

Vaya por delante que este artículo ya estaba pensado antes del sábado. No se trata, pues, de oportunismo, es más, incluso quizá hubiera tenido más sentido si no se hubiera ganado la ensaladera, porque no se trata de una glosa elogiosa de Ferrer, ni del doble, ni del quinto hombre Ferrero, ni de Albert Costa. Todos ellos hubieran merecido igualmente unas líneas de felicitación, pero lo que hoy intento es repasar con la distancia del fin de temporada el año del número dos del mundo, Rafa Nadal.

Visto desde esta distancia, el año le deja a Nadal su primera victoria en el Open de Australia, otra Copa Davis y algún torneo de importancia como Roma. Una temporada impecable, que apuesto hubiera firmado cualquiera de sus cada vez más pujantes rivales próximos del ranking. Finaliza el año como número dos del mundo, lo que se podría considerar una gesta dada la tremenda cantidad de puntos que tenía que defender tras el mágico 2008 (Roland Garros, Wimbledon, Oro de Pekín, temporada sobre arena…). Sin embargo, nos deja cierta sensación de agotamiento (el psíquico no parece menor que el físico) y la duda de qué pasará si el físico sigue sin acompañarle en el futuro.

Nadal, como Gasol, Alonso o Contador, podría pertenecer a ese exclusivo olimpo de triunfadores que forman Santana, Fernández Ochoa, Ballesteros o Ángel Nieto, con la diferencia de que hasta Indurain, hasta los primeros noventa, estos ídolos no tuvieron que compartir pedestal, fueron indiscutibles en su época. Las dos últimas décadas nos han dado más alegrías, individuales y colectivas, que todo el siglo XX. Son tiempos de más triunfos y menos memoria, más consumo y menos respeto.

Imaginemos por un momento el momento de la retirada de Rafa. Más allá de los Roland Garros o de las Copas Davis que haya ganado, no recordaremos esto. Nos acordaremos de sus duelos inacabables con Federer, de sus partidos a cinco sets, de sus parones entre punto y punto, de sus plátanos y de sus batidos rosa. Nadal no necesita el palmarés para ser un mito. Entronca con la tradición de luchadores, con las que tanto se identificó este país, amante del olor a sudor y linimento, durante años de hambre, con Bahamontes y Julio Jiménez, con la Furia Roja, con la garra de Arantxa o los demarrajes de Perico. Más que la perfección técnica de las selecciones de fútbol o baloncesto, o la tremenda inteligencia para el pilotaje de Alonso, siempre nos acordaremos de Rafa como icono de este tiempo. Si alguien nos ha emocionado ha sido él.

De todas formas, para esta retirada queda mucho, soy nadalista convencido, y de alguna forma u otra Nadal volverá, porque es un luchador, un hombre de cinco sets, y ésta no ha sido más que una de sus habituales interrupciones para sacar de quicio a sus rivales. Un plátano entre punto y punto.

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