Cortina Rasgada

9 11 2009

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Durante muchos años, los contadores de historias encontraron una mina inagotable en los países del Este. Historias hitchcockianas de microfilms robados, reactores nucleares secretos y espías sin escrúpulos al servicio del KGB. En este contexto, cuyo final recordamos hoy, el deporte también encuentra algunas de sus historias más sombrías al otro lado del Telón de Acero.

Símbolos de la Guerra Fría; Bobby Fischer y Boris Spassky en 1972 adelantaron en su match del siglo en Reikiavik partidas que se jugarían en el gran tablero de la política mundial años después, como el boicot que decretó el presidente Carter a los Juegos de Moscú en 1980 tras la invasión soviética de Afganistán y la posterior respuesta del bloque comunista en los Juegos de Los Ángeles cuatro años más tarde.

Historias monstruosas; el dopaje de Estado, a mayor gloria del Régimen, convirtió a Alemania Oriental en una fábrica de campeones en los años setenta. Sin embargo, las figuras del deporte de ese país pagaron muy caro ese éxito: “Nos robaron el alma y trataron nuestro cuerpo como un mero objeto”. Heidi Krieger, campeona de lanzamiento de peso en 1986 tomó tal cantidad de hormonas masculinas para desarrollar su musculatura que a día de hoy es un hombre llamado Andreas. No solo parecía un hombre. Se sentía como tal. Otras mujeres atletas se quedaron estériles, y algunas de las que fueron madres dieron a luz niños que, con frecuencia, sufrían malformaciones.

Historias tétricas como la de Helmut Ducadan. Campeón de Europa con el Steaua de Bucarest en el año 1986, hasta aquel 7 de mayo fue un hombre desconocido. Aquella noche fue capaz de pararle cuatro penaltis al Barcelona en su noche más amarga y darle una Copa de Europa imposible al Steaua. Fue nombrado jugador de la final y, como recompensa a su actuación, Ramón Mendoza, por entonces presidente del Real Madrid, le regaló un Mercedes en agradecimiento al verdugo del máximo rival. Cuando volvió a su país, el régimen sistematizador de Ceaucescu le sugirió que donara el automóvil al hijo del dictador para estatalizar las riquezas de los héroes de Sevilla. El portero se negó y una mañana los hombres de la Securitate fueron a buscarle a casa. Poco después, Helmut anunciaba que colgaba los guantes: le habían roto los diez dedos de las manos.

Historias al otro lado del Telón de Acero. Por todos los Muros que aún quedan por derribar.

 

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One response

10 11 2009
Ikarus

¡El comunismo mola! 😉

Un, dos, tres, responda otra vez:
Cite 3 casos de éxito de países comunistas…

tic, tac…
tic, tac…
tic, tac…

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